Escritores Poetas de España
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JUAN E. LUENGO
El Zángano y la Flor
Capítulo 6
El zángano se fue a buscar comida :
- ¡Qué suerte tenía la flor – pensó – que come a sus horas sin preocupación alguna! Sí, no puede moverse; pero ya, a mi edad, me apetecería hacer una vida parecida a la suya... Estoy viejo – siguió pensando con tristeza -, ya no quiero más aventuras...
Mecánicamente se lanzó al espacio, para realizar ese trabajo diario que le permitía transformar en vida propia la vida de otros, y lo hacía con auténtica integración; pues, aceptaba que en la ruleta de la vida, en la que se juega a diario, un día saliera para él la bola que tiene escrito: “Hoy te toca a ti”.
Para alejar estos tristes pensamientos, pasó tangencialmente por la superficie de un arroyito que discurría con suavidad.
- ¡Qué fría...! ¡Qué fresca...! ¡Qué buena...! – dijo, por fin, a la tercera pasada.
Bebió y fue dando un cuidadoso repaso a unas coloreadas flores que ofrecían sus dones. Como avergonzado de penetrar en su intimidad para satisfacer su hambre, les hablaba a modo de disculpa, quizás recordando a “su” amada flor; pero, como no le contestaban, sintiéndose lejos de ella, comenzó a añorarla y quererla, considerándose parte de ella, a la vez que la tenía por algo suyo, y aspiraba a que fuera sólo de él, porque valía más y era diferente.
De pronto, sintió como un mazazo impresionante en la cabeza, un ahogo y un dolor en el pecho. Brutalmente, y no de forma casual, había entrado en contacto con la Verdad (que siempre nos visita cuando estamos preparados), esa luz a la que tanto tememos para no vernos como somos.
Fue para él como descubrir una dimensión más, como un punto de partida, un nuevo bautismo, que nos introduce en un mundo que trastoca el orden de los valores convencionales.
Tambaleante, se dijo impresionado:
- ¡Dios mío! He perdido la inocencia y no sabía que la tenía. Resulta que era ignorancia, pues desconocía que, NO SE PUEDE QUERER SIN PRETENDER POSEER.
Con los ojos bajos, regresó ensimismado a la hoja que le servía de albergue junto a su flor y, en silencio, bebió el cáliz de amargura que nos brinda la auténtica Verdad, desflorando alguna de nuestras muchas virginidades y convirtiéndonos repentinamente en auténticos adultos.
- ¿Estás bien? – preguntó la flor al observar que el vecino no hacía nada por comunicarse.
Tardó éste en contestar y lo hizo ocultando su momento de tristeza; pero la flor, con las dotes de observación que caracterizan al sedentario, insistió, no conforme con la respuesta recibida.
- Te pasa algo.
El zángano no quería mentir de nuevo ni decir crudamente la verdad; pues, no era quién para quemar el velo de la ilusión. Dudó un momento y se decidió a revelarla, aunque aplicándola sólo a su caso, y dijo:
- Estás esperando el relato de mis aventuras; pero te aseguro que perderíamos nuestro tiempo con ellas; pues, no han sido otra cosa que la demostración de que, sin saberlo, estaba recorriendo un camino cuya meta desconocía. ¿Para qué te voy a referir los pasos si lo importante es la llegada? Verás – continúo, dulcificando la voz con un tono humilde -, acabo de realizar la primera etapa. Cuando menos, la primera que considero merecer la pena.
Hoy sé que no soy capaz de dar nada. Aunque quiera, no puedo dedicar ni el más liviano de mis sentimientos a nadie, si no es a quien considere mío de alguna forma, porque, en el fondo (lo he visto), sólo puedo amarme a mí.
Con voz quebrada por la emoción y solemne, como si no fuera ella la que hablara, respondió la flor:
- Así es como podrás comprender y enseñar a los demás, como has hecho conmigo que, al escucharte, también me he sentido afectada.
Y, al decir esto, enmudeció para siempre, y la virginidad de su capullo se rompió para dar paso a la espléndida flor que, abierta por el sol abrasador de la Verdad, comenzó su última etapa, que terminaría, irremediablemente, con el zarpazo violento del viento terroso del otoño que habría de arrancarle su última hoja... En vano hablaba el zángano a su flor. Ni las exhortaciones, ni las palabras más dulces, ni sus sú8plicas y6 lamentos consiguieron sacarla del más absoluto y eterno de los silencios.
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Como para protegerla o, más bien, recrearse con su presencia, disfrutar de su aroma y jugar con ella, revoloteaba constantemente a su alrededor. A esa altura no volaban las abejas, porque su alimento estaba bastante más abajo; pero él, sin embargo, cuidaría de que nada entrase en su rosada corola y, a medida que respetaba, como vedado por su veneración, esa flor que era un símbolo, su amor fue creciendo y, con él, la necesidad de comunicarse con ella. El verla solamente no le satisfacía, tocarla no podía, porque estaba como enferma de silencio, callada para siempre, gastando a diario, irremediablemente, su vida.
Entristecido, se refugiaba largas horas, sumido en el silencio, en esa hoja deforme que era su morada.
- Sí, deforme – se dijo -, cuando antes me parecía sólo rara.
Y, entonces, observó que su color había palidecido y sus bordes estaban más abarquillados, y le vino a la cabeza lo diferente que es, en cada ser, el proceso de la existencia. Éste y otros pensamientos lo entretenían en sus momentos de recogimiento y, con la compañía de sí mismo, que hay quien llama soledad, suavizaba la angustia de la auténtica, que no es otra cosa que querer comunicarse sin conseguirlo.
- ¡Qué hermoso es – pensaba – intercambiar vivencias, ideas, palabras que siempre llenan y nunca satisfacen por completo!
El zángano siguió, algún tiempo más, vigilante de su flor, hasta que la tristeza que le producía verla deshojarse le resultó insoportable y, ya como muerta, enterrada en el aire la dejó.
Se alejaba definitivamente del lugar, cuando un pétalo de aquella flor, que ya era entrañable recuerdo, cabalgando sobre el viento como mensajero de una despedida, pasó junto a él y tembló.
... enterrada en el aire la dejó.
(dibujo del autor : Juan E Luengo) Seguirá en el próximo número
CELESTE TORRES
Mirlo blanco
A Trinidad Grund,
que entró en mi vida una mañana de primavera
y sembró flores en la aridez del desierto.
I
Dime arcano secreto,
¿por qué siempre el destino pertinaz
me condena y me baña tenazmente
en sus playas desiertas,
con la húmeda copa turbia de la luz?
Esa luz que se escapa
tras la muralla oscura de las verdes campiñas
y se pierde en mis noches, alargando distancias.
¿Por qué atrancada y cerrada está la puerta
de sonrisas que antaño fueran flor?
¿Qué delito, que no se me perdona,
cometí en el hecho de vivir?
Pecado de omisión, quizás lo tuve:
anónimo, porque no fui consciente.
Echado sobre el viento y rapado de amargura,
dormí mi corazón.
Espero con la paciencia del mar,
que regresa constante a sus orillas
sin que nadie lo llame por su nombre.
Pero el dolor, solitario ladrón,
hiere la espera y se hace hondo,
como espada que busca
la humedad escondida, de la sangre.
Me abrazo a la soledad como amiga inseparable;
no intento despedirme de la vida,
aunque anclada me sienta
en los hilos de la monotonía.
Hay un camino que me busca en el misterio
y yo, que soy real ante tanta inconstancia,
asumo el amor anónimo
que me roba lo oscuro con un vacío cruel.
II
No fue ningún presagio, sólo el dolor;
el dolor cotidiano con su juego de niño,
ya casi adolescente.
Jugó con la cortina de la noche,
sobre la arena ardiente,
y me quemó con sombras la memoria.
Hay un pájaro extraño que me aisla insistente
en la mirada oscura del ciclo de la vida
y como un mirlo blanco,
con rabia se levanta del ocre de la tierra
que mancha su plumaje.
Quiero ser Ave Fénix creadora de sueños,
barnizar el pasado de la melancolía
y atar mi corazón a la esperanza nueva
de la renovación.
Detrás de los jardines de mi infancia,
hay una mano anciana que siempre me guió.
No se ahoga mi mundo en la quimera,
por más que intente el mar cubrir la arena;
pues la música le ofrece libertad a mis sentidos
y me elevo en las alas de la noche,
plagiando al ruiseñor con notas de cristal.
Yo lanzo al viento mi voz como un mensaje,
trino sonoro que clama libertad;
no es secuela ni cárcel la soledad buscada,
si la música y el canto la coronan.
Sé que hay más notas en el arpa de mi vida
que nacen cada día y me obligan a caminar.
Bañada de luz y sombras, Celeste recibe congratulaciones y flores,
después de una de sus exitosas actuaciones.
FRANCISCO ARANDA CADENAS
Aprendí cuanto pude de la teoría de conjuntos, de las sutiles realidades de un grupo coral, de los transeúntes en los pasos peatonales. Alcé mi voz en Do sostenido cuando un tranquilo pensamiento atravesaba mi garganta. Era hora de regresar a casa; atrás quedó la academia, el grupo de teatro, el canto, aquellos ' Early morning writings ' que ahora repaso para crear mi tercer libro de poemas. Aprendí cuanto pude, de las conversaciones en un taxi, de la vendedora de pescado, de las partidas de ajedrez con mi vecino Paco... Todo cuanto pude aprendí y aun así soy un extraño para mí mismo. Leí libros místicos, de psicoanálisis, breves versos que contenían el Universo. Observé un solo mechón de tus cabellos, una brizna de hierba en el microscopio, las gotas de lluvia tras la ventana hasta que me arranqué el corazón y lo puse en mi mano, pero no le hice preguntas; él latía despacioso conjugando verbos... Aprendí cuanto pude de cada eco de la calle, de esas historias resumidas apoderadas por el miedo; hube de tomármelo en serio mientras me reía de mí mismo. Aprendí cuanto pude de la intensidad de tus besos, de la elegancia de tus pasos, de los paraguas cuando no son necesarios, y qué sé yo si no bastase con comprender un solo pétalo de rosa o sencillamente gozar de su perfume surgido de los dominios de la música.
ANTONIO CARMONA
Me enredé en un Edipo y me perdí
en los escaques de un tablero.
Escuché una voz que me alertaba.
Visité un templo en Éfeso...
Disfruté viendo jugar a los niños
neandertales a carreras,
presencié suicidios de emperadores,
la danza de la lluvia,
la caída de Zeus en Rodas.
Conocí a una mujer.
Supe
que
hay tardes en poemas bajando por calles
y
una calle que baja
en cada niño.
de mujeres que se encargan
de pagar las facturas a los dioses
para que todo siga en orden. A las cuatro
de la tarde, toman el té.
no tengo más que un camino,
un desconocido
que me acompaña,
tengo
todos los días... En todos lloro.
Tengo un nombre y un fuego
que detiene a la noche,
una habitación a la calle,
por donde baja el mundo y las tardes.
Confieso
que nunca fui joven,
que nuca seré un hombre... Sin embargo,
tú me quieres,
tú que estás en todos los versos,
no hay un nombre para ti,
tú
que eres todos los poemas.
Acabo.
Aquí está todo:
miel, hormigas,
el calor que no imaginaron los chamanes
este poema incendiándose.
Poema sacado del libro A CIERTA EDAD
Foto tomada en agosto 2008 por Mariette Cirerol
ANSOFER
Las Arenas
Apacible era la mar.
Apacible eran los besos
que a las arenas doradas
les daba con embelezo.
Mas se hizo un huracán
y la mar enfurecida,
golpeaba las arenas
con crueles sacudidas.
¡Ah, las arenas lloraban,
porque el mar que las amaba
despiadado se volvió!
Melancólicas, calladas,
con el alma destrozada
la pena las envolvió.
Fotografiado en las Navidades de 2008, por Mariette
JOSÉ LUIS DEL CASTILLO
(A Consuelo)
No mientes al decir que tus antojos
procuré complacer, bella Consuelo,
que estuve loco en este pobre suelo
a veces soportando tus enojos.
Que me perdieron tus lindos labios rojos
que del Sol que te alumbra tuve celo
y que en la noche de tu negro pelo
no me importó perderme y en tus ojos
quise encontrar para mis males cura.
Al junco que se mece en la ribera
comparé muchas veces tu cintura.
No pretendas ponerme ahora en apuros
que aunque admiré tu linda primavera
no te puedo prestar veinte mil duros.
De su libro DESDE MI CASTILLO: Sevilla, 2002
Un billete de mil de las antiguas pesetas
MARÍA VEGA
Adiós peseta
La peseta es una anciana,
muy curtida en dura lid,
que, según todos proclaman,
está próxima a morir.
Refieren que está delgada,
chiquita y de mal color
y padece de hace lustros,
falta de circulación.
Sin embargo ella nos cuenta
un pasado vigoroso
y, recordando su vida
se estremece de alborozo.
Preguntad a vuestros abuelos,
que suspiran por mí,
yo era dama plateada,
difícil de conseguir.
Aquellos años pasados,
que yo era joven coqueta,
vi a más de un caballero
llorar por una peseta.
Luego los tiempos pasaron,
y, aunque con vida azarosa,
allá en los años cuarenta
fui una rubia peligrosa.
Muy querida y deseada,
todos lucharon por mí
y tuve varias moradas:
desde un cofre a un calcetín.
Me acusan de varias caras
y servir con mi caudal
Repúblicas, Monarquías
y también a un General.
Me amaron las clases altas,
y, para evitar pesares,
no viví en las casas pobres
sino en casas señoriales.
De nuevo alteré mi vida,
llegó la Constitución,
adelgacé en pocos días
y hasta cambié de color.
La nueva clase política
me iba a democratizar
y yo tendría que servir
todo el mundo por igual.
Más pronto cambió mi suerte
y acabaron mis desvelos,
haciéndome compañera
de Partidos y Banqueros.
Ahora se cansan de mí
y me dan un puntapié,
cambiándome por un Euro
que nadie sabe quién es.
Y, aunque este Euro me humilla
y no me da mis honores,
que no le mienten al Dólar,
que le salen los colores.
RAÚL CALZADO ALMARZA
INVISIBLE
como el rastro
de tus pisadas en el suelo,
o el eco de tu voz en las montañas,
como el olor de la brisa en el mar.
Aquí quedará
todo el odio y el amor
que hayas sembrado
y que recordarán
los amigos y enemigos,
tal vez tus perros
o los gatos,
los caballos...
Tal vez te llorarán.
Aquí se perderán
tus pieles y abrigos,
tus coches y las joyas.
Y cuando no quede de ti
ni tu nombre
ni una cruz
en el cementerio,
ya me dirás por qué has vivido
tantas penas y alegrías,
después de haber gozado
de todo lo bueno
y haber sufrido tanto malo.
Y tal vez te preguntes
para qué andar por la vida
calzado de zapatos
o si es mejor andar de alpargatas.
SALVADOR RAMÍREZ VÁZQUEZ
GAIA, el Planeta
Al final como al principio
y en medio de la nada
ahora se sostiene
de tu mirada terca
sobre el ser que solemne
es ya completamente ser.
Ahí está tu mirada obstinada
¿Cómo es que no se arrepiente
de ser ahora? Cuando un ave tremenda
da el aviso urgente
al precario moloso,
gozque silente,
de que se acerca
el “humus” tranquilo
de tu mirada de hombre. ¡Oh terca mirada!
¡Ah, visión repetida
que gira inerte
como el planeta,
siempre en aviso
del desastre tan próximo que se avecina!
De complexión fuerte
la tierra milenaria –
humilde glosa –
se aleja a su muerte.
Y la consuela de haber perdido al hombre-
¡Ah humilde Gaia,
TERRA INCOGNITA!
MARI ÁNGELES CASTILLO ROMERO
Timidez
¿Dónde se perdió tu nombre?
¿En qué lugar innombrable sorteaste la ilusión
para no poder girar la mirada y buscarla?
Quisiera alcanzar con mis manos tu cráneo
y limpiar las tormentas de excrementos
que limitan tu existencia.
Te retuerces... ¡ y no gritas !
Ni despliegas tus pasos abandonados
ni la conquista te afana.
Bebes la vida de otros
tras tus ojos esquivos.
No te atreves a caminar
con multitud en las calles
que también te pertenecen.
Es señal de que giras entre nosotros,
danzando en tu timidez enferma,
porque aún te sentimos respirar.
¿Quién te impide acercarte a la vida?
Rompe las cerraduras y se tú,
pues los laberintos también tienen salida.
De su libro: DESDE LA CUNA DE TOTALÁN
FERNANDO PENÍN LÓPEZ-TERRADAS
De algunos ojos
La rosa no ocupa
un lugar muy corto,
y el polvo no ensucia
con amor y todo.
¡No!
¡Más amor, más flor!
vemos.
De algunos ojos...
Mejores los proyectos,
peor los logros.
Pero, aun sin logros
y sin proyectos, vemos
de algunos ojos.
El río desemboca; el mar se abre
y se explica en la tierra y en el cielo.
Expliquémonos juntos,
dulcemente precisos, expliquémonos.
Ojos: del humano, de la abeja, del águila
JOSEFA GABRIELA MORENO GÓMEZ
Don Palomo
Jugaba a la puerta de casa con mi muñeca de trapo a la que había puesto un vestidito azul que le había hecho mi madre. Unos niños traviesos tiraban piedras, unos metros más allá, al jardín de una casa deshabitada que causaba miedo a todos los niños del pueblo; ya que, de ella se decía que la habitó un hombre huraño que nunca trataba con ningún vecino y, cierto día, desapareció sin que nadie supiera de donde vino ni a donde marchó. Los altos de la casa eran ocupados por palomos que iban y venían de los distintos palomares de los alrededores. Ese día un palomo vino a caer delante de mí, no sé si fue por la caída o por causa de una pedrada de los niños; lo cierto es que el pobre se arrastró por la acera agitando un ala y sin poder volar. Toda conmovida lo recogí, acaricié e intenté tranquilizarlo. Los niños vinieron hacia mí para quitármelo, mas yo lo agarré fuerte contra mi pecho y corrí a refugiarme en el zaguán de casa, con tan mala suerte que se me cayó la muñeca que llevaba, y uno de los niños se puso a darle patadas y a lanzarla por el aire. Coloqué al palomo en el rincón que había detrás de la puerta y salí a pedirles la muñeca. No me hicieron caso, les amenacé con hablar con sus padres. Para nada, se rieron de mí y la muñeca fue proyectada por lo alto de las tapias del tenebroso jardín. De nada sirvieron mis llantos y mis súplicas, ningún niño ni adulto se atrevería a saltar aquellas tapias. Mi madre salió al oír mis gritos y me consoló diciéndome que me haría otra muñeca igual que la que había perdido. Más tranquila con esta promesa entré en casa; no sin antes recoger al palomo herido que tenía la patita izquierda quebrada. Se la entablille con unas astillas de caña e hilo de coser, lo puse en una caja de cartón, le di trigo y agua, y todos los días le cambiaba las hojas de periódico del fondo. Mis hermanos me decían que el palomo era muy señorito y que se estaba acostumbrando a la buena vida: le llamaban Don Palomo.
Pasado un mes, cuando vi que ya se ponía derecho dentro de la caja, lo puse en el suelo para ver si andaba, y me dio la gran alegría de caminar. Entonces, le quité el entablillado y noté que los resultados eran extraordinarios, pues la soldadura del hueso era firme; aunque un poco basta.
Don Palomo andaba bien, sólo renqueaba un poco. Agitó las alas y a punto estuvo de estamparse contra los cristales de la ventana.
Aun se quedó en casa cinco días más. Me dolía apartarme de él pero comprendí que tenía que volar e irse a su palomar con su familia, así que una mañana le subí a la terraza de casa, le acaricié el plumaje, le miré a los ojitos, le besé y abrí mis manos para que se marchara. Él me miró y con dos rápidos movimientos de cabeza, sacudió las alas y levantó el vuelo. Lo seguí con la mirada, viéndole posarse y entrar en la casa misteriosa.
A partir de ese día, subía muchas veces a la terraza a ver si lo veía de nuevo. Le pedí a mi madre que no tendiese allí la ropa por miedo a que los trapos lo asustaran; y que le echara trigo.
Vinieron muchos palomos; pero ninguno era él.
Por fin le di por perdido y agarrada a mi muñeca de trapo, la que mamá me hizo para suplir a la que los niños tiraron, paseaba alrededor de la casa misteriosa, casi siempre mirando hacia arriba, cuando iban y venían los palomos, por si
reconocía la patita o, pensaba, inocente, que al verme bajaría hacia mí.
Un día me di cuenta que ya no me daba susto la casa y que sería capaz de entrar en ella y buscar en su desván por si en uno de sus rincones estaba mi amigo. Me encontraba en estas reflexiones, sentada en el escalón de aquella casa, con mi muñeca en la falda, cuando un descorrer de cerrojos detrás de mí me dejó paralizada. A continuación, un chirriar de goznes oxidados y la impresión de que alguien me estaba mirando desde arriba. Levanté la vista y vi a un hombre, casi anciano, vestido de gris, que me sonreía. Di un salto y me dispuse a irme de allí: “No te vayas pequeña - me dijo con una dulce voz- espera, te daré una cosa.”
Entró, dejando la enorme puerta de hierro entreabierta. Cojeando un poco, se acercó a un rosal que crecía a su libre albedrío. Cortó una rosa, y de entre sus ramas, extrajo mi muñeca. Me entregó las dos cosas diciendo: “La rosa por tu buen corazón y la muñeca porque es tuya, ya que llevas su gemela.”
“¿Podría buscarme a Don Palomo?- le pregunté con ilusión.” “No, a tanto no llego; mas no pierdas la esperanza de encontrarlo una mañana, asomado a tu ventana.” Cerró la puerta, con los mismos chirridos y sin borrar la sonrisa.
Cuando se lo dije a mis padres, llamaron a la casa para conocerle y no salió nadie. Llegaron a dudar de mí, a decir que me habría quedado dormida y lo habría soñado; pero allí estaba la muñeca y la rosa... Yo no dudaba... Y por si acaso, todas las mañanas estaba pendiente de la ventana. Cuando por fin Don Palomo se posó en ella y no salió huyendo al abrirla, comencé a hacerme otras preguntas para las que aún no he encontrado respuesta.
Málaga 28-6-2008
MARÍA ANGUSTIAS MORENO BARRIOS
El Alcornoque Alcornoque que expandes tu sombra, a lo más amplio del huerto, mira hacía abajo y verás, qué hermoso es lo nuestro. Somos dos adolescentes que tu tronco han herido, con un corazón, un te quiero; y, un, nunca te olvido.
ESMAR
No son palabras tu voz...
No son palabras.
Tu voz...
Cálida brisa en la madrugada.
Ternura de infinitos sueños
en mi ser.
Caricia escondida
de tus dedos sobre mi piel.
Infinito cauce de sonrisas.
Serena armonía de belleza.
Hermosa propuesta de amor.
Susurro de gritos y silencios
que hacen vibrar mi alma
y mi cuerpo
en nuevo concierto de AMOR...
JESÚS DUMONT
– ¡Fresquita! ¡Fresquita el agua! –
No se escucha al botijero
que al despuntar la mañana,
recorría los jardines
y las calles y las plazas
de aquel Madrid, que dormido,
al verano despertaba,
con el amor hecho verso
y la ilusión hecha alma.
Madrid de los años mozos,
de las palomas, posadas
únicas, junto a Correos,
torcaces y enamoradas,
emblemas de aquellos tiempos,
de recuerdos y nostalgias,
donde hasta el soplo del viento,
tenue los labios besaba.
Cuando el parque del Retiro,
al nuevo sol despertaba,
poniendo nimbos de luces
sobre las plantas mojadas
por el llanto del rocío
que entre las hierbas brillaba.
Senderos que recorrieron
parejas enamoradas
en un resiento de ensueño
con promesas y esperanzas.
He visto sobre el estanque,
sobre sus ondas de plata,
un palacio de cristal
y un surtidor de esmeralda
que entre sollozos bajaba.
He visto, como en un sueño
hecho conjuro de magia,
surgir del fondo del lago
peces de oro y de nácar;
Surcar el espejo roto
de su tersura azogada;
plumajes de cisnes blancos
y aves que abaten sus alas;
los espectros misteriosos
de las frondas milenarias
y un sortilegio de luces,
colores, flores y plantas;
y allá, a lo lejos, el grito
del botijero que pasa,
bebiendo a sorbos la tarde,
cuando la tarde se acaba:
Estatua del botijero, en Guipúzcoa, España
JOSÉ CAMPOS TALLÓN
Lancé una flecha de amor
-y antes de llegar a su destino
una mano de las envidias la rompió,
siendo la muralla que supo impedir
aquel mensaje sentido.
Y cuando ahora voy andando en la vida,
- solitario sin aquella compañía de ilusión,
me hago a veces la pregunta:
¿Quién pudo ser el intruso
que fue mano de cerrar caminos,
decidiendo otro final del futuro?
Más la grandeza del vivir
todo lo supera, y aquella pena
ahora se vuelve sonrisa,
como lo hace el payaso del circo
que sabe llorar con risas
y esconder en su disfraz y larga peluca
el dolor de un alma que suplica.
En la senda de mi existir sigo
caravana errante que en zig-zag
va pidiendo limosnas de amores
y mi corazón sabe guardar
los sentimientos dormidos.
Priego de Córdoba
14 de julio de 2006 – 8 de la tarde –
DIMAS COELLO
La señal de la cruz
La candela se apaga. La titilante vida en la Cruz, termina. El atormentado cuerpo, expira. La llama rutilante, hostiga al sacrificio. Clavado de pies y manos, muere, para cumplir su destino. Es un agrio camino de tortura, junto al madero. Lamparilla, que es símbolo para las ánimas. Lo espiritual a ese misticismo, es la resurrección, como hecho mágico, en lo ultraterreno o metafísico. Un secreto revelado, por lo piadoso. Un hecho indescifrable a esa contemplación divina. Reserva en lo impenetrable, que por enajenamiento, vive en el creyente. Intimidad, en el ara de un madero. Luz estática, a ese éxtasis que el pintor recrea en un garabato. Cordura a una cobarde acción. Extraña fuerza sobrenatural pero inhumana, ante tan menguada y temerosa acción de un discípulo miedoso, que asustadizo se hace cómplice de la muerte. Otros, lo niegan. Novedoso misterio, que lo hace más divino. De ahí lo sereno de la imagen, ante tan cruel sacrificio. Por eso, al interpretar la figura de Jesús, es duda fácil al concebirlo con un exaltado sentimiento, al querer quitar el dolor de los clavos o al limpiar la sangre de un cuerpo amoratado por el látigo, que ha marcado en verdugones, la carne de un Hombre Inocente. Si por misionar la Verdad, es Reo de Muerte, ¿qué dice el pueblo de su doctrina? Difícil fue predicar su “Verdad” como su Reino, “que no era de este mundo”. La muerte de Jesús, vale, para honrar su santo nombre, en ese paradisíaco destino que en lo eterno, conmueve, al oír las bienaventuranzas. Desligarse de la Señal de la Cruz, es imposible, porque el sino de cada persona, está oculto en esa palmatoria que vive y centellea en estremecimiento, al chispear con agitada pasión, el espíritu religioso.
JUAN JOSÉ ARCHILLA PINTIDURA
El Elefante Cósmico
El elefante cósmico,
con sus patitas de pollo
deja una huella indeleble
en el firmamento,
como la pisada de Amstrong
sobre la luna.
El elefante cósmico
desaparece en un agujero negro,
como la tinta impresa sobre el papel.
con su piel rugosa como el destino incierto,
deambula perdido por la sabana
sin hollar la arena.
Pasadizo, fotografiado por J. J. Archilla
Manuel Garrido
Pienso en mí
para llegar a conocerme.
Pero no lo consigo.
Me abandono a mi cerebro
y con el diálogo.
En el mismo instante
intenta mostrarme lo bello
y casi me convence.
Me convence de que soy hombre,
que vivo y duermo,
que la gente espera,
que el mundo se mueve
y no estamos solos.
Aunque yo, puede que sí.
Que amor con amor se paga.
Mi cerebro, lo cree.
Yo no pienso así.
El amor pasa como pasa el viento,
y no regresa.
Y cuando por error lo hace,
no cabe.
Su alcoba está vacía,
sólo la ocupa falsas ilusiones.
Me canso de esperar.
Me canso de mí mismo
y del universo.
Mientras tanto,
sigo esperando junto al mar,
porque el mar y su brisa,
algún día me darán la respuesta.
Antonio-S. Urbaneja Fernández
La mirada del perro
Esa mirada del perro
tan fija y sostenida
es advertencia, recuerdo,
amenaza mantenida
de cuanto deja si pierde
decisiones compartidas
y dolorosos empeños
que enseñan una vida
marcada por las vivencias
que te recuerdan los sueños,
marchitando tu paciencia
esos tan extraños dueños
que te mantienen alerta,
con el corazón abierto
y la razón tan dispuesta.
Sentado estaba en la silla
con el rabo recogido
y actitud tan sencilla
que parecía sumido
en un sueño solapado,
los ojos medio cerrados
y el interés mantenido.
Era un perro encastado
a su instinto sometido.
Emilio Ballesteros
¿Para qué la palabra?
¿Para nombrar las cosas que los dedos señalan,
que el oído ya escucha,
que los ojos ya saben?
¿Para llamar al viento,
para contar los granos...?
Si las piedras ya pesan
y la hierba es lozana...
¿Para sembrar la tierra?
¿Para criar ganado?
¿Para cambiar de mano?
No.
La palabra es la fuerza
y rompe lo cercado.
Es la que abre las puertas
a lo no visitado.
La que deja en el aire
un temblor ignorado.
Para saber que el humo
se dispersa en la noche
y que un polvo de estrellas,
como niebla que se abre,
nos espera en la calle.
Para saber que habita
en la carne un misterio
que no puede medirse.
Para que al pronunciarlo
resuenen en sus ecos
los cristales del tiempo.
Para saber que luego
sólo queda el silencio.
Pilar González Rubio
Mi patio
¿Qué será de nuestros patios andaluces?
¡Qué lástima de ese trozo de Andalucía,
de nuestras raíces,
de esas huellas de mi Andalucía,
de luz y color con sus cerámicas sevillanas...!
Ese relieve de hermosos diseños,
ánforas con ramos y colores
llenos de alegría y de primavera...
Madera noble de pino rojo:
¡Ese Cristo doloroso con farolillos de latón,
cristal y color...!
¡Hermosas rejas con sus penachos ondulantes...
¡Ay, mi patio...!
Con su nido de golondrinas lleno de vida,
con sus gorgoteos pidiendo comida...
¿Qué será de la buena sombra que disfrutan mis plantas?,
¿de ese “alo” de vida
que se respira en los patios de mi Andalucía...?:
¿Por qué los condenan
y destruyen para hacer cajas de cemento
que endurecen nuestros corazones andaluces?
¡Ay, mi patio! Que lo han condenado en Málaga.
¡Qué pena!
¡Ay, mi patio!
¡Ay, mi Andalucía!
Y se me va de las manos mi alegría...
María Consolación Mateos
El viejo abuelo
Se marchó, se marchó la uva ya de su parra
y la hoja seca cayó en su campo.
Se marchó la tarde, se marchó el día.
Se va perdiendo los años
hasta envejecer, abuelo.
Y hoy ya cansado y viejo,
recuerda con tanto anhelo
aquellos años dorados
y los chiquillos jugando en los atardeceres rojos,
el agua burbujeando,
con la flor y el alelí.
Ya no queda nada abuelo,
sino el tallo sin su flor.
Ya se marchó, se marchó,
pues un día aquí estuvo
con aquello que dejó.
Todo pasa, va pasando,
pero permíteme Usted
que un paréntesis yo haga.
Mas ¿qué queda atrás de mí?
fue el fruto de mis hijos;
y así podré yo morir
con la semilla que dejo
para que puedan vivir.
Y se fue el abuelo, se fue el abuelo.
Ya sólo queda el recuerdo.
María del Carmen Guzmán
Yo Soy el Viento
Yo soy el viento,
el que sopla en tus noches heladas
y encrespa las olas,
el aire enloquecido,
el que transforma en látigo
tus cabellos de seda,
el que llena las velas de los blancos veleros,
un repicar de dedos sobre el cristal mojado,
coreografía de trapos bailarines
danzando en los cordeles,
una orgía de ramas,
un silbar de serpientes,
un aullar de mastines,
vertiginoso giro de papeles,
un tremolar remoto de mar embravecido,
un alar desgajado,
un álamo abatido
y el jazminero atónito y desnudo.
Yo soy el viento amargo
silbando en el desierto,
el azote en la tundra,
el beso en el verano,
la tempestad furiosa
derribando palmeras.
Cálido, frío, brisa y huracán.
Silente, esplendoroso
acariciando el pasto.
Siroco, vendaval,
viento solano,
el que roba los sueños de los niños,
el que llega en la noche, solapado
para arrancarte el alma.
Primer premio de Poesía Romanillos de Medinaceli (Soria)
El viento sopla, por Marlet (1847-1914)
Antonia Bravo Calderón
Fuera
Hay un proverbio que dice, “fuera”.
Fuera todo aquello que te invade,
que destruye,
que cambia de color y no se ve la tierra.
El fuego quema y arde,
mezquina mañana, que llegó a cegarte,
como cegó el fuego de tu alma y tu amor.
Fuera las calles vacías,
fuera el color opaco,
fuera todo colorido que oscurece la vida.
Fuera. ¡Fuera por el amor de Dios!
Que nadie venga destruyendo la tierra
para alcanzar el imperio de un material sin color.
Fuera las guerras, los niños sin techos.
Fuera el poder y que triunfe el amor
y que todos los pueblos unidos
no tengan razas ni color.
Sólo una misma bandera, con una paloma blanca,
símbolo de paz y de amor.
José Gil Martín
Rafael Santana
Figura inolvidable
En Canarias tú fuiste el sol
que brilló con la luz de la ciencia,
que alumbró al que a ti se acercaba
a la SANRO, que era tu empresa.
Tu memoria produce dolor,
pues tus dotes de sabio nos dejan;
pero Dios en el Cielo te ofrece
el seguir derramando grandezas.
Te buscaba extendiendo mis brazos
en los aires con pena y tristeza,
cuando supe que habías dejado
una vida de tantas empresas:
¡Por servir y valer para todos
entregaste tu vida completa!
Lo que tú trabajaste por otros
se merece una gran recompensa.
Te buscaba, mi amigo, y decía:
¿Dónde, dónde, mi amigo, te encuentras?...
¿Dónde estás, mi querido Santana?...
No te encuentro creando en la tierra:
¡porque estás en el Cielo con Dios
ya gozando de glorias eternas!
¡Oh qué mente tan sabia y fecunda
fue tu vida en las tres Academias!
¡Esas obras y esfuerzos en SANRO
le sumaron a Las Palmas grandezas!
Tus valores llegaron al mundo
con tu pluma de altas ideas
que alumbraron las mentes oscuras
con valores más ricos que estrellas...
Solitario, suspiro sin ti
y te busco en despachos y agencias
con el alma transida en dolor,
porque ya en las Canarias no creas.
Yo veía en el Cielo una nube
solitaria, alejada y serena,
y en la nube tu cara veía
sonriendo a mis ojos, contenta.
Se agotaba mi aliento esa noche
recordando tu imagen con pena
cual palmera sin riego del agua
que suspira y se muere reseca.
¡Y tu amor yo lo siento en mi pecho
como triste y sedienta azucena!
pues tu vida ofrecía servicios
de escritor, creador de bellezas.
A la estancia que vives con Dios
en mis Misas el alma se eleva
recordando tu vida en la mía
y le ruego a Dios que te tenga
en su gloria gozando de paz
como un ángel que en Dios se recrea.
Tu familia jamás ya te olvida
ni tus nobles obreros de empresa.
¡Tus amigos no olvidan tu vida
y con gratos recuerdos se quedan!
Málaga, 3 de octubre de 2007
con todo amor y admiración
Adelina Pérez Blaya
¡Qué ansias de besos,
de besos ardientes!
¡Suben con mi aliento,
rodean mi frente! ¡Penetran mi cuerpo,
anublan mi mente!
¡Qué peso de besos!
Me ahogan, me doblan
¿Sabes lo que es eso?
¡Estoy florecida, arrollada
crecida de besos!
Me pesa en los ojos todo lo que anhelo me pesa en las manos lo que no es tu cuerpo.
Soy un árbol cargado de frutos, de frutos de besos.
Los respiro y me van embriagando como un vino nuevo,
como mariposas buscando mi boca, y otra boca donde quedar presos.
¡Si pudiera cargar con los tuyos, que alivio a mi peso!
Strange, ethereal fruit
Versión inglesa por Mariette Cirerol
What a long for kisses,
ardent kisses!
They come up with my breath
encircling my brow!
They go into my body
annulling my mind..
What a weight from kisses!
They suffocate, bend me!
Do you know what is that?
I am blooming, growing.
I am crushed by kisses.
My eyes are heavy
from all I long for.
My hands are heavy
from what is not your body.
I am a tree full of fruits,
fruits of kisses.
I breathe in their smell and they make me drunk
like a new wine,
like butterflies searching my mouth,
and another mouth where to remain prisoners.
If only I could carry yours,
what a relief for my weight!
Arrangement from a photo of J.J. Archilla Pintidura
Ramón Álvarez Jiménez
En esencia
No esperes luces de amaneceres,
destellan en horas etéreas.
No busques ternura en besos,
ignoran tu alma hambrienta.
No implores con la mirada,
nadie atiende tu silencio.
No juegues a soñar despierto
en un mundo vil y pérfido.
Todo cuanto tú buscas,
lo hallarás sin esfuerzo.
Cristalizará un día en colores
y alegrará tu senda.
Sólo tendrá un nombre:
¡Amor en verdadera esencia!
Granada, 21 de febrero de 2002
Medardo Ramos
Don Juan el bigotudo
En la mañana despliega,
se empieza el alba a mostrar.
Se escuchan los pajarillos
con su canto singular.
En el silencio sereno,
junto al bar “La paloma”,
en la calle del tranvía,
allá, Don Juan se asoma.
Su costumbre matutina
es hacer: ¡a jam!, sin más;
por si alguien no le ha visto,
por si cuenta no te das.
Da un silbido, soplo suave,
y luego empieza a mirar.
Da su primer paso firme,
la manga hace estirar.
Su bastón, forrado en cuero.
Zapatos, relucientes.
Peinado de raya en medio.
Se ve un “Gardel” de frente.
Traje antiguo que es de rayas.
Con su camisa blanca.
Con su corbata de antaño.
De orgullo, ¡no se estanca!... ¿?
Por debajo de los ojos,
gafas de medio cristal.
Se las pone como adorno,
porque él, no se ve mal.
Pero al mirar su semblante
destaca su mostacho.
Hasta incluso se echa laca.
¡Don Juan, no es un muchacho!...
Su gran bigote enroscado,
lo ve de gran prestigio.
¡¡Pero cuando ha sonreído,
a alguien sacó de quicio!...
Al castañero de enfrente.
¡Pues en otoño estamos!
Se rió al ver su sonrisa.
¿Por qué?, ¿nos acercamos?...
Diente de oro entre los fijos.
Mastica sin trabajo.
Pero en medio una gran mella,
y otra también abajo.
Don Juan ya está caminando,
barriga hacia delante.
¡No se ve “hombre cualquiera”,
parece “un almirante”!...
Los vecinos ya le miran,
pendientes de él están.
Y le dice cada uno:
¡Muy buenos días, “Don Juan”!...
¡Ay Señor, vaya qué hombre!...
Es único, sin dudas.
¡Allá va a hacer su jornada,
con cosas tan agudas!... ¿?
¡Oh, qué tendrá él en su mente!...
¡Cuánto hará hasta la noche!...
Aunque monótona vida...
“Merece de oro un broche”.
¿Podría ser Don Juan?
IN MEMORIAM
Emilio García Espinar
El primer día de febrero de 2010, en la reunión semanal de los lunes del SNEE, me comunican el deceso de nuestro querido amigo y poeta, acaecido a finales de enero. Era una gran persona y un remarcable poeta. Nos visitó hace poco en la tertulia, y, si no me equivoco, nos dijo que tenía 92 años. Tuvo una larga vida, aunque al final, si te encuentras aceptablemente bien, siempre te parece corta.
Que descanse en paz!...
A continuación: algunos poemas suyos para no olvidarlo:
DESENCANTO
Todos venimos al mundo
coronados de antemano;
unos de plata y de oro,
otros de espinas y esparto:
y es que el destino inicial
va marcando a los humanos
con risas y cantos algunos;
los más, con tristeza y llanto.
Yo he venido al mundo así,
desnudo de amor y salmos,
solitario por la vida
con mi angustia y desencanto.
Sólo me queda el consuelo
de saber que pronto espero
una vida de esperanza,
en la inmortalidad del cielo.
Desesperación
La conciencia es la esencia
del espíritu del alma,
donde detrás de la calma,
busca la fusión gemela,
de esa sustancia que falta.
Y entonces te desespera,
y pierdes las esperanzas.
Mas yo te aconsejo la espera;
que después de la tempestad
siempre viene la templanza,
llena de serenidad.
VACÍO
He perdido muchos años
en vulgares cosas vanas.
Hoy siento un gran vacío
en el fondo de mi alma;
siempre echando de menos
lo mucho que me faltaba
y lo largo que se hacía
aquello que no llegaba.
Hoy al final de mis años,
siento que todo se acaba.
INSOMNIO
Cuando en la noche callada
es imposible mi sueño,
ciñendo la sábana blanca
como un sudario mi cuerpo,
en mi mente se atropellan
imágenes del recuerdo,
sin lograr poner en vano,
tantos y tan bellos momentos.
Pesar
Cuando dijiste: ¡me voy!
mi ardiente espiral de fuego
se tornó en blanco sudario
que me heló todo el cuerpo.
Desde entonces voy errante
sin rumbo fijo e incierto
mendigando inútilmente,
un amor que en vano encuentro.
DESTINO
A veces el destino injusto,
va marcando en este mundo
el justo y el pecador.
Mas no veo la razón
de este destino tan cruel,
en que a veces el pecado es bien,
y el justo es el pecador.
Mercedes Reina Rosillo
Renovación
¡Vamos!, allí donde se conjuga
la piedra con el agua
en la antigua ciudad
que tiene ya
muros verdecidos
con fondo de romanzas.
¡Vamos!, la ciudad brota
cada mañana de sus viejos
cimientos, y nos hace la vida
ALEGRE