Poeta de hoy en Málaga, España
Manuel Garrido
Orgullo lacerado
De vosotros llega hasta mí
un inicuo aroma que desata el corazón y las lágrimas.
Ese aroma que conmueve
y que tendría que aliviar el corazón
al navegante solitario que existe en mí
y que aún continua recordándome
que fui el más rico y el más digno de envidia.
Yo, el más solitario navegante
os tuve a vosotros, y vosotros me tuvisteis a mí.
Cuando realicé mi empresa más difícil
y celebraba la victoria de mis superaciones,
entonces hicisteis gritar a quienes me amaban,
que era yo quien más daño les hacía.
Inexpresa quedó en mí la esperanza
y se murieron todas las visiones de mi juventud.
Si algo invulnerable quedó en mí
es mi voluntad silenciosa e incambiable a través de los años.
Supe callar, cuando debí haber hablado,
sabiendo que todas las verdades silenciadas
se vuelven venenosas.
Ahora que me atrevo a hablar,
mi voz se hunde en el pozo del silencio
y en tinieblas se ahoga, sin conseguir su eco.
Prefiero hundirme en mi ocaso
a renunciar a mi voluntad
porque donde hay ocaso, como donde hay hojas caídas,
allí, hay vida.
Algo se inmola en mi voluntad
como inmolé mi tiempo en vosotros.
Demasiado quizá me adentré en el mundo de lo abundante,
hasta que un estremecimiento de horror
se apoderó de mí, cuando miré en torno mío
y vi que el tiempo había sido
la causa que me condujo al navío sin gobierno
que me convertía en navegante soledoso,
emborronando todos los signos del pasado
que me dignificaban.
Mas, a pesar de vuestro encerramiento a la evidencia,
arderá para siempre en el interior de vuestras almas
la llama del velo con que pretendisteis cubrir la realidad.
Y vuestro espíritu se avergonzará
de estar a merced de vuestras entrañas.
Una máscara colgada ante vuestros ojos
se ha introducido arrastrando vuestra verdad
de un dios cualquiera que habéis inventado
para cubrir vuestra piel
y hacerla impermeable a lo evidente.
Ignorante yo, que no adiviné
de qué materia estaba rellena esa piel.
A pesar de todo,
mi pensamiento camina sobre vuestras cabezas.
Y aún cuando yo quisiera
retroceder sobre mis propios errores,
continuaría por encima de vuestras voluntades.
y